Cómo cuidar la piel sensible

Sensibilidad hereditaria. Es la piel sensible por nacimiento, a menudo caracterizada por sufrir de dermatitis atópica en la infancia. Suele corresponder a cutis claros, que reaccionan mal a cualquier cambio de temperatura, a las comidas picantes, y que muestran tendencia a la cuperosis.

Sensibilidad inducida. Es la que sufre la piel que, sin ser sensible por naturaleza, acaba siéndolo por la influencia de agentes externos como pueden ser tratamientos cosméticos inadecuados, peelings (sean láser o químicos) o cualquier tipo de intervención estética. A veces, esta sensibilización se produce por motivos internos, como la ingesta de ciertos medicamentos, y las manifestaciones son iguales a las que tiene la piel sensible genéticamente.

Sensibilidad idiopática. Caso muy común actualmente, se da en las mujeres que sienten que su piel, aun sin ser sensible por naturaleza, se irrita con facilidad.

Reacciones de la piel sensible
Estos cutis suelen presentar un aspecto terso y luminoso en la juventud, libre de impurezas o granitos, pero una vez comienzan a cumplir años, desarrollan todos sus síntomas de hipersensibilidad.

Deficiencias de la capa córnea. La piel sensible no presenta un escudo compacto, ya que muestra una barrera cutánea deficiente y permeable, lo que permite que los agentes irritantes penetren con facilidad. Pero no sólo permiten la entrada de activos agresivos, sino que además facilita la evaporación del agua de la piel, lo que contribuye a que se deshidrate y seque con facilidad.

Activación del sistema inmunitario. Los agentes externos son reconocidos como irritantes, y la piel se defiende lanzando un ataque en toda regla que se traduce en rojeces e hipersensibilidad, generalmente exageradas. Esta inflamación produce radicales libres que, a la larga, se traducen en un envejecimiento prematuro de la piel.

Excitación de las fibras nerviosas. El organismo reacciona ante los agresores con una liberación de neuropéptidos que se traducen en molestias y dolor. Este es el motivo por el que los cutis sensibles a menudo se sienten incómodos, tirantes e incluso irritados.

Cómo se trata la piel sensible
Calmar, mimar, proteger y salvaguardar: éstas deben ser las funciones de los tratamientos para piel sensible.

Una limpieza no agresiva. Es vital elegir productos que respeten el equilibrio natural de la piel, sin alterarla y eliminado todo rastro de suciedad y de maquillaje de forma suave. La exfoliación debe hacerse una vez por semana ¡como máximo!, siempre y cuando sea con delicadeza.

Medio ambiente adecuado. Conviene evitar los cambios de temperatura bruscos (que irritan los capilares), así como los ambientes muy secos, que roban una preciosa humedad a la piel. Las comidas muy picantes, el alcohol y el tabaco sólo contribuyen a aumentar aún más la sensibilidad cutánea, por lo que deben evitarse.

Tratamientos específicos. Las cremas con ácidos frutales (AHA’s), retinol o cualquier otro tipo de sustancia exfoliante resultan contraproducentes en los cutis sensibles, y pueden derivar en molestias, irritación e incluso cuperosis. Deben usarse cremas hipoalergénicas específicas para este tipo de piel, que ayudan a reconstituir el manto hidrolipídico y a calmar las rojeces.

Cuidado con la medicina estética. Existen excelentes tratamientos antiedad que, siendo muy recomendables para ciertas pieles fotoenvejecidas, pueden irritar y dañar los cutis sensibles en exceso, ya que pueden resultar demasiado agresivos. Las pieles frágiles deben optar por técnicas no agresivas para que no sea peor el remedio que la enfermedad.

Mimar es prevenir. Cuando se cuida un cutis sensible con tratamientos adecuados, se refuerza la barrera hidrolipídica, se mejoran sus defensas, y, con ello, se potencia su resistencia a las agresiones externas y se reduce su irritabilidad, lo que constituye una salvaguarda de la piel no sólo de forma inmediata, sino también de cara al futuro.

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